miércoles, 4 de julio de 2007

Sobre Politicos

   


El otro día iba caminando por Nueva Córdoba, era una mañana bien fría y gris. Volvía de un trámite en la Escuelita. Cuando llegué a la esquina de Estrada y Vélez Sarfield, me llamó la atención un esténcil. Me acerqué, lo leí, e inmediatamente lo fotografié. La verdad es que la frase me sorprendió. No sólo por ser un claro síntoma de la desconfianza, el desagrado y el malestar que generan los denominados “políticos”, sino por los distintos significados que trae aparejado entender la política y lo político de esa manera.
Enfermo y enfermedad. ¿Quién esta enfermo y de qué? ¿Realmente los políticos son una enfermedad? Y si tomamos esto por cierto, ¿Cómo se cura esa enfermedad? ¿Extirpándola? ¿Con antibióticos? ¿Poniéndose paños fríos?
Bien, aceptemos que los políticos son todos de corruptos, de inmorales, de tránsfugas, de ladrones, de mentirosos, y un larguísimo etc. Entonces:
¿Qué somos nosotros? ¿Ciudadanos honestos? ¿Solidarios? ¿Morales? ¿Interesados por los otros? ¿Accesibles? ¿Comprometidos? ¿Sanos?
Esta sociedad, tal y como está, la formamos todos. Cada día nos despertamos, y la vamos construyendo/destruyendo. Y, a pesar del lenguaje biologista/mecanicista del esténcil, es un buen disparador para pensar hasta donde somos responsables de lo que nos pasa. ¿Cómo hacemos para cambiar? ¿Queremos cambiar algo? ¿Qué queremos cambiar? ¿Qué queremos?




 

LELA


La verdad es que no sé por qué, pero casi siempre sucede lo mismo con los apodos. Son así, una vez que alguien te los asigna, ahí quedan. Y generalmente para toda la vida. Uno puede llegar a recibir un apodo en cualquier momento y circunstancia de la vida. Te lo ponen los amigos, los hermanos, los primos, los padres, los hijos ó los nietos. Bueno, este último es él caso. Yo soy nieto de Asunción, el primero. Y según cuenta la historia familiar, fui yo quién le puso el apodo. Si, vale aclarar que cuando uno empieza a balbucear y a emitir los primeros sonidos de letras y palabras, comete torpezas e improlijidades propias de la edad. Claro, es entendible que siendo un tierno bebecito pronunciara Lela, en lugar de Abuela. Abuela. Abu-lela. Lela.
Muy bien, la Lela, como ya lo dije, es mi abuela, es decir, la mamá de mi viejo. Ella es de Gigena. Gigena es un pueblito que puede encontrarse cuando uno viaja hacia el sur, unos 182 Km. por la Ruta 36. Más precisamente entre los pueblos Elena y Baigorria. Allí nació y vivió toda su vida. Allí conoció a mi abuelo, allí se casó, allí nacieron mi viejo y mis tíos. Allí fue donde pasábamos con mi hermano largos veranos de sol, pileta, fútbol y amigos. Allí aprendí a quererlos y a extrañarlos. Si, es así cuando uno tiene los abuelos lejos. Cada vez que íbamos ó cada vez que ellos venían, los días se llenaban de familia. De aromas y comidas, de regalos y tortas de naranja. De fideos, de dulces y besos. De abrazos y preguntas, de versitos y de inviernos.
Este dejo de melancolía es por que el tiempo (ese inexorable transcurrir de segundos, minutos, días y años) hace que la familia no siempre sea la misma. Es así. Es inevitable. Hoy estamos sin el Tite. El Tite es mi abuelo, Antonio Virga. Tite, es también un apodo que, como el de la Lela, me pertenece. Y es que así pasa con los seres queridos, nos apropiamos de ellos. Bueno, mis abuelos me pertenecen. Son parte mía. Yo soy ellos. Y ellos me hicieron, junto con mis viejos, la persona que soy.
Este escrito sólo tiene como pretensión, agradecer tantos años de amor y entrega. Sí, en especial a la Lela. Es que además, hoy, cumple años. Y quería que sepas lo importante que sos para mí.
¡Feliz cumple Lela!